Intenet se erige en la gran amenaza del periodismo. El agujero negro de la información veraz, el formato precursor del caos, de la tragedia. Ignacio Sotelo contribuye desde su tribuna de El País a forjar este mito. Una ficción pendiente de demostración empírica. Porque el periodismo electrónico todavía se encuentra en proceso de definición como medio.
Hasta que configure su propia identidad, la prensa digital tendrá que esquivar los ataques y el descrédito de los alarmistas. Las denuncias de quienes ven en la Red una amenaza para la integridad y la fiabilidad de la profesión. Yo me niego a creerlo.
No es una cuestión de corporativismo hacia el soporte que me alimenta. Todo lo contrario. Simplemente, las reflexiones de muchos popes de la comunicación no resisten el mero envite de la crítica. No en vano, las premisas que fundamentan sus teorías son, en su mayoría, falsas.
Sotelo asegura que la inyección económica que reciben los medios electrónicos está acabando con la prensa escrita. Internet roba, a su juicio, el capital de los diarios tradicionales. Las plantillas adelgazan, los salarios se derrumban y la calidad informativa se sitúa bajo mínimos. Caída libre.
La descripción de los síntomas es acertada, pero no tanto el diagnóstico. El 'papel' está en crisis. El periodismo lo está. Todo él. Basta con echar un vistazo a las redacciones de nuestro país. Sueldos míseros para profesionales jóvenes, en su mayoría muy preparados. Nuevos mileuristas en la cuerda floja.
El periodismo es una profesión vocacional. Nadie (rectifico, muy pocos) hace fortuna en este empleo. Por contra, las exigencias son muchas: horarios terroríficos, festivos, fines de semana, disponibilidad absoluta... Compensa. Cuesta creerlo, pero es así. El desgaste, sin embargo, es mayúsculo, al igual que los peajes que deben abonar otras esferas de la vida.
A pesar de todo, las facultades están repletas de proyectos de periodista. Su futuro es incierto. Como el nuestro. Ni la prensa, ni la televisión, ni la radio atraviesan por un buen momento. La profesión se está buscando a así misma. La industria de la información es, a día de hoy, eso. Una fábrica que produce como churros y que vende a una velocidad aún mayor. No importa la veracidad, la cohesión y la calidad de los textos. Ésta es la verdadera lacra de la comunicación de masas.
Por desgracia, la crisis de los medios impresos se inició mucho antes de que la Red apareciese en escena. Porque su rentabilidad todavía está entredicho. Durante años, internet se convirtió en una sangría económica para los medios convencionales que apostaron por una edición digital.
El optimismo empresarial desapareció junto con las Puntocom a fines de siglo. Aún así, la presencia en el ciberespacio resultó una cuestión innegociable para los medios. Tras una larga travesía en el desierto, los gigantes de la comunicación han visto recompensada su espera. La Red comienza a reportar beneficios. Todavía escasos, sí. Pero se ha logrado frenar la hemorragia.
¿Las causas? Son muchas. La popularización de internet (ya en una mayoría de hogares) y la extensión de la banda ancha están detrás de los nuevos resultados. También la gratuidad de la información. Aunque la clave del éxito se encuentra en la evolución del medio y de sus contenidos multimedia.
Hace no mucho tiempo, los principales portales de noticias se limitaban a reproducir los textos impresos. Ahora, el 'corta y pega' desde el papel está en peligro de extinción. Las agencias de noticias también ven amenazada su hegemonía. En las ediciones electrónicas proliferan las informaciones propias. Crecen los videos, la interactividad y la interacción con el lector. Los artículos se adaptan al nuevo soporte. Son más cortos, directos, concisos.
El periodismo en internet es ya otra cosa. A mitad de camino entre otros medios y formatos, de acuerdo. Pero comienza a tomar forma. Ésta es su principal virtud y la garantía de que nunca será una amenaza para la prensa escrita. Aunque al igual que sucedió tras la aparición de la radio, el cine o la televisión, siempre existirán agoreros.
El 'papel' tiene garantizada su continuidad, aunque no a cualquier precio. Debe definir su posición en este nuevo entramado mediático y adaptar los contenidos a sus características y posibilidades. El periodismo impreso no puede competir con la inmediatez o la imagen, ni siquiera con la espectacularidad o el amarillismo del resto de formatos. Sin embargo, goza de algo de lo que carecen sus 'rivales': tiempo.
Con un mayor margen para elaborar la información, la profundidad, la reflexión, el análisis y la interpretación son sus máximos exponentes. Ya lo ha advertido uno de los grandes rotativos de este país en una reciente campaña publicitaria. "Querer comprender". Ése es el camino.
P.D.: Lamento las dimensiones de este ladrillo!!!!
viernes, 2 de noviembre de 2007
Nuevos tiempos
No todo es armonía y felicidad en mi lugar de trabajo. El nacimiento de esta nueva sección ha alimentado tensiones y desenterrado antiguas y legítimas demandas. La convivencia entre el 'papel' y la Red no será sencilla. Pero resulta imprescindible para la supervivencia de ambos formatos.
No hay alternativas, muy a nuestro pesar. Para los que amamos la prensa escrita, la suntuosidad de la fina lámina de papel teñida de negro, el futuro se antoja complicado. La reconversión es obligada. No sé si en internet se encuentra el futuro del periodismo, pero estoy convencido de que jugará un papel destacado.
Y que conste que me considero el primer damnificado de esta nueva era. Un tránsito del papel a la virtualidad. Del 'ego' al anonimato. Son las exigencias del guión, porque se trata de un medio condenado a entenderse con la Redacción tradicional. Sin ella Internet no existe. Al menos tal y como se concibe actualmente.
La estrecha colaboración de los redactores convencionales es imprescindible, a pesar de que pueda parecer un incordio. Que lo es. En las primeras semanas en pruebas apenas hemos recibido el apoyo del diario escrito. Contábamos con ello. No pongo en duda la buena voluntad de mis compañeros, de mis amigos. Existe. Pero el proceso de adaptación es lento, como cualquier cambio de hábitos.
Las llamadas telefónicas a la sección digital resultan imprescindibles para nuestro futuro. Y hasta el momento brillan por su ausencia. Salvo honrosas excepciones, la mayor parte de la Redacción no ha reparado en ello. Bien como medida de presión a la empresa, bien por despiste, las necesidades de internet no están siendo cubiertas.
No me gustaría que se malinterpretaran mis palabras. Las reividicaciones laborales son legítimas y cuentan con todo mi apoyo. Me atrevería incluso a hacerlo extensivo al resto de componentes de esta friki-sección. Una vez resueltas estas demandas espero que cambien las tornas. Porque los compañeros del 'papel' serán los principales beneficiados de esta simbiosis.
En su mano está trascender a la caducidad del medio impreso. Internet ofrece esta ventaja. A cambio, otros compañeros renuncian a lo más preciado y personal del trabajo como periodista, la firma. Ellos son nuestros ojos, nuestros guías. Quienes nos permitirán llegar a buen puerto en tiempos de incertidumbre.
No hay alternativas, muy a nuestro pesar. Para los que amamos la prensa escrita, la suntuosidad de la fina lámina de papel teñida de negro, el futuro se antoja complicado. La reconversión es obligada. No sé si en internet se encuentra el futuro del periodismo, pero estoy convencido de que jugará un papel destacado.
Y que conste que me considero el primer damnificado de esta nueva era. Un tránsito del papel a la virtualidad. Del 'ego' al anonimato. Son las exigencias del guión, porque se trata de un medio condenado a entenderse con la Redacción tradicional. Sin ella Internet no existe. Al menos tal y como se concibe actualmente.
La estrecha colaboración de los redactores convencionales es imprescindible, a pesar de que pueda parecer un incordio. Que lo es. En las primeras semanas en pruebas apenas hemos recibido el apoyo del diario escrito. Contábamos con ello. No pongo en duda la buena voluntad de mis compañeros, de mis amigos. Existe. Pero el proceso de adaptación es lento, como cualquier cambio de hábitos.
Las llamadas telefónicas a la sección digital resultan imprescindibles para nuestro futuro. Y hasta el momento brillan por su ausencia. Salvo honrosas excepciones, la mayor parte de la Redacción no ha reparado en ello. Bien como medida de presión a la empresa, bien por despiste, las necesidades de internet no están siendo cubiertas.
No me gustaría que se malinterpretaran mis palabras. Las reividicaciones laborales son legítimas y cuentan con todo mi apoyo. Me atrevería incluso a hacerlo extensivo al resto de componentes de esta friki-sección. Una vez resueltas estas demandas espero que cambien las tornas. Porque los compañeros del 'papel' serán los principales beneficiados de esta simbiosis.
En su mano está trascender a la caducidad del medio impreso. Internet ofrece esta ventaja. A cambio, otros compañeros renuncian a lo más preciado y personal del trabajo como periodista, la firma. Ellos son nuestros ojos, nuestros guías. Quienes nos permitirán llegar a buen puerto en tiempos de incertidumbre.
Desesperación
Desesperados. Así estamos después de un mes de trabajo en pruebas. En este periodo hemos realizado todo tipo de prácticas. Podemos presumir de dominar la edición digital de noticias y de una agilidad ganada a pulso en la sombra de una intranet de acceso restringido. Sin embargo, esta última semana se ha convertido en todo un suplicio.
No sólo no hemos ampliado los conocimientos acerca del sistema, sino que nuestros ánimos han decaído considerablemente. Cunde el hastío y el aburrimiento entre el equipo internauta. Sobre todo porque nuestro trabajo carece de repercusión pública. Y así es complicado mantener la concentración durante ocho horas.
El sopor laboral no implica que no se cumplan los objetivos diarios. Por encima de todo somos profesionales. Pero comprobamos con angustia como las agujas del reloj apenas avanzan y nuestras ojeras se multiplican. Ansiamos un cambio.
El soplo de aire fresco vendrá acompañado de la puesta en marcha definitiva de la sección. Del fin del trabajo inútil, oculto para el gran público. Aunque 32 días después de nuestro paso por Madrid la incógnita continúa.
Tan sólo una de las delegaciones ha visto la luz en la Red. Hace ya una semana, y con dos de retraso respecto a los plazos previstos. El resto permanecemos a la espera. Nosotros sólo somos una miniredacción más en el entramado mediático del grupo editorial que nos da cobijo. Pero el desaliento es un sentimiento compartido entre los que participamos de la coreografía inherte de números cero.
A pesar de todo, se vislumbra una luz al final del túnel. El final del trayecto está próximo. O quizás esté intoxicado por mis deseos. La rumorología dice, en cualquier caso, que en el plazo de dos semanas estaremos en el aire. Fluctuando en la Red. Yo me agarro a un clavo ardiendo. Creo a pies juntillas los dimes y diretes. Esta vez sí. Como siempre.
No sólo no hemos ampliado los conocimientos acerca del sistema, sino que nuestros ánimos han decaído considerablemente. Cunde el hastío y el aburrimiento entre el equipo internauta. Sobre todo porque nuestro trabajo carece de repercusión pública. Y así es complicado mantener la concentración durante ocho horas.
El sopor laboral no implica que no se cumplan los objetivos diarios. Por encima de todo somos profesionales. Pero comprobamos con angustia como las agujas del reloj apenas avanzan y nuestras ojeras se multiplican. Ansiamos un cambio.
El soplo de aire fresco vendrá acompañado de la puesta en marcha definitiva de la sección. Del fin del trabajo inútil, oculto para el gran público. Aunque 32 días después de nuestro paso por Madrid la incógnita continúa.
Tan sólo una de las delegaciones ha visto la luz en la Red. Hace ya una semana, y con dos de retraso respecto a los plazos previstos. El resto permanecemos a la espera. Nosotros sólo somos una miniredacción más en el entramado mediático del grupo editorial que nos da cobijo. Pero el desaliento es un sentimiento compartido entre los que participamos de la coreografía inherte de números cero.
A pesar de todo, se vislumbra una luz al final del túnel. El final del trayecto está próximo. O quizás esté intoxicado por mis deseos. La rumorología dice, en cualquier caso, que en el plazo de dos semanas estaremos en el aire. Fluctuando en la Red. Yo me agarro a un clavo ardiendo. Creo a pies juntillas los dimes y diretes. Esta vez sí. Como siempre.
jueves, 4 de octubre de 2007
Día 3. China Town
Ver fútbol de provincias en Madrid no es una tarea sencilla. Sobre todo si los principales equipos de la capital también se miden en duelo. Ayer desafiamos a la dictadura del poder y resultamos vencedores. Orquestamos una velada futbolística al margen de la oferta mayoritaria para terminar en un bar regentado por un chino. No se froten los ojos por la incredulidad. Así fue.
Nuestro trabajo de investigación dio comienzo el mismo lunes, cuando advertimos la disputa de este encuentro fundamental para los intereses de nuestro equipo en Europa. El martes, la Red abrió los cauces pertinentes. Una peña en el exilio, supuestamente próxima a nuestro hotel, nos otorgaba esperanza. Después de una extensa jornada laboral, y con un pequeño mapa en ristre, nos dirigimos a la busca y captura de este establecimiento.
Tras 20 minutos de caminata, localizamos el punto de destino. La Zoqueta, en la calle de Cartagena, se antojaba como un soplo de aire fresco frente al mal tiempo que nos ha acompañado desde que llegamos a Madrid. Sin embargo, algo iba a mal. ¿Un escudo del Real en la puerta?
En el interior del establecimiento, un oriental nos recibió con un efusivo saludo. La ansiada peña no existía, pero nos confirmó que podríamos ver el encuentro. "Aquí no se ve el Real Madrid", sonrió. Bendito chino. Mientras saboreábamos una cerveza, el local se fue llenando de aficionados con un mismo origen. Trabajadores exiliados en la capital que sienten con orgullo los colores de su equipo. En una ciudad extraña, el fútbol se vive con mayor intensidad. Hermanados, celebramos el gol de nuestro equipo y compartimos la decepción de la derrota.
El chino fue el crack de la jornada. Sobre todo por su simpatía y el peculiar sistema de comunicación con la cocina: el clásico telefonillo. Los bocadillos calientes, ricos. Las tapas, regulares... Pero no importa. En China Town, el fútbol es algo que más que dos equipos.
P.D.: Ya sabía que los técnicos informáticos tienen muuuuuuuchas manías. Pero hoy nos han dado una lección magistal. Apuesta absoluta por el Firefox. Adiós al Explorer!
Nuestro trabajo de investigación dio comienzo el mismo lunes, cuando advertimos la disputa de este encuentro fundamental para los intereses de nuestro equipo en Europa. El martes, la Red abrió los cauces pertinentes. Una peña en el exilio, supuestamente próxima a nuestro hotel, nos otorgaba esperanza. Después de una extensa jornada laboral, y con un pequeño mapa en ristre, nos dirigimos a la busca y captura de este establecimiento.
Tras 20 minutos de caminata, localizamos el punto de destino. La Zoqueta, en la calle de Cartagena, se antojaba como un soplo de aire fresco frente al mal tiempo que nos ha acompañado desde que llegamos a Madrid. Sin embargo, algo iba a mal. ¿Un escudo del Real en la puerta?
En el interior del establecimiento, un oriental nos recibió con un efusivo saludo. La ansiada peña no existía, pero nos confirmó que podríamos ver el encuentro. "Aquí no se ve el Real Madrid", sonrió. Bendito chino. Mientras saboreábamos una cerveza, el local se fue llenando de aficionados con un mismo origen. Trabajadores exiliados en la capital que sienten con orgullo los colores de su equipo. En una ciudad extraña, el fútbol se vive con mayor intensidad. Hermanados, celebramos el gol de nuestro equipo y compartimos la decepción de la derrota.
El chino fue el crack de la jornada. Sobre todo por su simpatía y el peculiar sistema de comunicación con la cocina: el clásico telefonillo. Los bocadillos calientes, ricos. Las tapas, regulares... Pero no importa. En China Town, el fútbol es algo que más que dos equipos.
P.D.: Ya sabía que los técnicos informáticos tienen muuuuuuuchas manías. Pero hoy nos han dado una lección magistal. Apuesta absoluta por el Firefox. Adiós al Explorer!
miércoles, 3 de octubre de 2007
Día 2. El Boss
Los recónditos pasillos de mi diario en Madrid aguardan múltiples sorpresas. La disposición de las distintas secciones favorecen los encuentros fortuitos. Los extravíos en este edificio concebido como industria periodística están a la orden del día. Caminar sin rumbo por la Redacción tiene, sin embargo, recompensas.
A la caza de rostros conocidos, una figura casi mítica emergió del despacho para monopolizar mi atención. Eran las 11 de la mañana, y el Jefe Supremo, el jefe de todos los jefes, ya revisaba el trabajo de sus subalternos en una improvisada ronda de control por el complejo.
Por un instante, antes de que me alcanzara, cerré los ojos y parpadeé repetidamente. No podía creerlo. Pero no. No había confusión posible. La vista no me jugaba una mala pasada. En milésimas de segundo, traté de pensar un saludo ingenioso, pero no fue necesario. El director, con la mirada fija en el suelo, torció a la derecha antes de advertir si quiera mi presencia.
A las siete, mientras practicaba con el html, me percaté de un extraño cónclave convocado en la sala de juntas. A escasos cinco metros, asistí en directo a un singular ensayo de última cena. Rodeado de sus discípulos, el Jefe Supremo debatía la composición de la portada del día todavía por estrenar.
Antes de abandonar el edificio, todavía tuve tiempo de encontrarme con el Boss en una última ocasión, esta vez a una distancia considerable. Apoyado sobre los hombros de un compañero, comprobaba los titulares de una información política. Las puertas del ascensor disolvieron la imagen antes de descender hasta la planta baja del edificio. El Superjefe seguía al pie del cañón mientras abandonaba el recinto con el beplácito del guardia de seguridad. ¡Qué distintas son las cosas en provincias!
P.D.: Libertad de expresión. Principio constitucional asentado en la Redacción de Madrid. Los edictos, críticas y denuncias del Comité de Empresa (con durísimas críticas a los responsables del medio) están a la vista de todos. Y no pasa nada. Sin reprimendas ni represión. Las paredes del diario, al menos en su versión online, tampoco muestran su verdadero color. Están empapeladas por fotografías, carteles reivindicativos (muchos de ellos políticos y ajenos a la línea editorial de la empresa) y lemas ingeniosos que convierten esta estancia de trabajo en un lugar acogedor, a medida de los periodistas que desempeñan allí sus tareas informativas. Ojalá se exporte el modelo.
A la caza de rostros conocidos, una figura casi mítica emergió del despacho para monopolizar mi atención. Eran las 11 de la mañana, y el Jefe Supremo, el jefe de todos los jefes, ya revisaba el trabajo de sus subalternos en una improvisada ronda de control por el complejo.
Por un instante, antes de que me alcanzara, cerré los ojos y parpadeé repetidamente. No podía creerlo. Pero no. No había confusión posible. La vista no me jugaba una mala pasada. En milésimas de segundo, traté de pensar un saludo ingenioso, pero no fue necesario. El director, con la mirada fija en el suelo, torció a la derecha antes de advertir si quiera mi presencia.
A las siete, mientras practicaba con el html, me percaté de un extraño cónclave convocado en la sala de juntas. A escasos cinco metros, asistí en directo a un singular ensayo de última cena. Rodeado de sus discípulos, el Jefe Supremo debatía la composición de la portada del día todavía por estrenar.
Antes de abandonar el edificio, todavía tuve tiempo de encontrarme con el Boss en una última ocasión, esta vez a una distancia considerable. Apoyado sobre los hombros de un compañero, comprobaba los titulares de una información política. Las puertas del ascensor disolvieron la imagen antes de descender hasta la planta baja del edificio. El Superjefe seguía al pie del cañón mientras abandonaba el recinto con el beplácito del guardia de seguridad. ¡Qué distintas son las cosas en provincias!
P.D.: Libertad de expresión. Principio constitucional asentado en la Redacción de Madrid. Los edictos, críticas y denuncias del Comité de Empresa (con durísimas críticas a los responsables del medio) están a la vista de todos. Y no pasa nada. Sin reprimendas ni represión. Las paredes del diario, al menos en su versión online, tampoco muestran su verdadero color. Están empapeladas por fotografías, carteles reivindicativos (muchos de ellos políticos y ajenos a la línea editorial de la empresa) y lemas ingeniosos que convierten esta estancia de trabajo en un lugar acogedor, a medida de los periodistas que desempeñan allí sus tareas informativas. Ojalá se exporte el modelo.
martes, 2 de octubre de 2007
Día 1. El código html no ha muerto
El código html no ha muerto. Sobrevive junto a Elvis en un paraje remoto, y desde hoy también en mi Redacción. Internet ha avanzado una barbaridad desde que se programaran las primeras páginas con este arcaico sistema de diseño. Sin embargo, mi periódico permanece perenne a los cambios. La redacción de textos en la edición electrónica del diario está sujeta a estas normas. Las rocambolescas etiquetas html están por todos lados. Y ejercen, además, el papel protagonista. Edifican el pilar sobre el que sustenta todo el entramado de noticias en la Red.
Puntos y aparte, negritas, enlaces,... y un largo sinfín de comandos son necesarios para ejecutar las distintas órdenes del editor de cibertextos. No es complicado cuando, como es mi caso, se ha estado en contacto previamente con el código. Eso sí, asumir las rutinas requiere de práctica. Y en ello estamos.
Las nociones básicas adquiridas a lo largo del día nos permitirían enfrentarnos ya a la publicación de noticias en la red con total solvencia. Aunque es de prever que nuestras competencias irán en aumento a medida que avance la semana. Los compañeros de Madrid facilitan esta tarea. A pesar de que representamos todo un lastre en sus quehaceres diarios se han prestado amablemente a mostrarnos los entresijos de este particular sistema de trabajo.
El número de obreros que integran la Redacción online es menor del que imaginaba inicialmente. Igual sucede con el resto del diario. Quizás mediatizado por los relatos de mis compañeros de provincias, esperaba un recinto mucho más grande, con una plantilla mayor. Aun así no resto un ápice de relevancia al asentamiento. Es fantástico. Sobre todo para los nostálgicos de la informática. No en vano, se erige en el último reducto del html.
Puntos y aparte, negritas, enlaces,... y un largo sinfín de comandos son necesarios para ejecutar las distintas órdenes del editor de cibertextos. No es complicado cuando, como es mi caso, se ha estado en contacto previamente con el código. Eso sí, asumir las rutinas requiere de práctica. Y en ello estamos.
Las nociones básicas adquiridas a lo largo del día nos permitirían enfrentarnos ya a la publicación de noticias en la red con total solvencia. Aunque es de prever que nuestras competencias irán en aumento a medida que avance la semana. Los compañeros de Madrid facilitan esta tarea. A pesar de que representamos todo un lastre en sus quehaceres diarios se han prestado amablemente a mostrarnos los entresijos de este particular sistema de trabajo.
El número de obreros que integran la Redacción online es menor del que imaginaba inicialmente. Igual sucede con el resto del diario. Quizás mediatizado por los relatos de mis compañeros de provincias, esperaba un recinto mucho más grande, con una plantilla mayor. Aun así no resto un ápice de relevancia al asentamiento. Es fantástico. Sobre todo para los nostálgicos de la informática. No en vano, se erige en el último reducto del html.
lunes, 1 de octubre de 2007
Día 0. Madrid

Llevo 24 horas en Madrid y todavía estoy sorprendido por una ciudad que se me antoja única. El balance, por tanto, es positivo. Sobre todo si tenemos en cuenta los frutos del extinto fin de semana. Porque como avanzadilla del grupo disfruté de uno de esos momentos memorables. El primer concierto de Crowded House en España tras 11 años de silencio fue sencillamente magnífico. Los neozelandeses emocionaron con sus clásicos a un público que superaba ampliamente a más de 2.000 personas. En mi caso tuve todavía un honor mucho mayor… logré conocer personalmente a Neil Finn, el alma mater de la banda, para quien no pasan los años sobre el escenario.
En la calle, bajo un fino manto de lluvia, las percepciones cambian. Su rostro no oculta el paso de los años (ronda ya las cinco décadas) pero como dice el refranero popular, la experiencia también es un grado. Tras casi dos memorables horas de rock melódico, no defraudó al medio centenar de fans que esperaba a fotografiarse con su ídolo a orillas del Manzanares. Salió de los camerinos para darse un baño multitudes que quedará para el recuerdo.
Crowded House se ha garantizado con su música y cercanía el relevo generacional. Entre el público, españoles (y también una importante colonia anglosajona) de todas las edades. Reinaban, eso sí, los treintañeros, que ejercieron de nexo de unión entre los diversos colectivos allí presentes. Porque cincuentones y tardoadolescentes tampoco faltaron a la cita.
Los nuevos temas, en cualquier caso, no pasarán a la historia, salvo contadas excepciones. Ni falta que hace. Quienes asistieron el domingo al concierto lo hicieron precisamente atraídos por las melodías de siempre, canciones que marcaron un antes y un después durante las décadas de los 80 y 90 del pasado siglo. Finalmente, Better be home soon cerró el repertorio de gritos, aplausos y euforia colectiva. En la agenda, la promesa de un próximo regreso con un nuevo álbum y la esencia de antaño.
El éxito del concierto se sumó, además, a una tarde de caminata y mochila por el centro de Madrid. La capital es una urbe cosmopolita capaz de combinar la modernidad con estampas más propias de otros tiempos. El bar Sánchez, a escasos metros de mi hotel, refleja un Madrid castizo y rancio pero, sobre todo, auténtico. El local, que podría pasar por una localización de la serie Cuéntame, se mantiene intacto desde hace medio siglo.
A pesar del caos de tráfico, las obras faraónicas y la proliferación del ladrillo, es una ciudad con encanto. Con mucho. Por encima de piedras y museos, la magia se sitúa en sus gentes, siempre amables y de trato exquisito. Porque en Madrid, aunque no lo parezca, resulta imposible sentirse extraño.
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